Revista Idiomática

Año 2, Número 3, enero-junio 2021

 

Dime la verdad, ¿se me nota lo traducido?: análisis del discurso, traducción, traductología y poder

 

Entrevista a Verónica Cuevas Luna

 

Por Julia Borobio, Abraham Hernández y Diana Rojas

Verónica Cuevas Luna es Licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM, Maestra en Traducción y Maestra en Lingüística, ambas por El Colegio de México, y tesista del Doctorado en Lingüística de El Colegio de México. Actualmente es profesora de tiempo completo en la Licenciatura en Traducción de la ENALLT y en los diplomados de formación de traductores que ofrece el Departamento de Traducción e Interpretación, donde imparte cursos de lingüística, gramática del español, gramática contrastiva, análisis textual y análisis del discurso.

La entrevista se realizó por videollamada en el marco de la pandemia —habrá que considerar eso en el análisis de este discurso. Las preguntas giran en torno al análisis del discurso, la traducción y la traductología. Nos advierte: “saben que me gusta extenderme”; pero, más que extenderse, hace un análisis comprehensivo que no cae en categorías simplificadoras y reflexiona sobre el tema en toda su complejidad. Nos adelanta que va a responder desde su propia experiencia en el campo, lo cual resulta coherente con su perspectiva del análisis del discurso: el discurso parte de sujetos discursivos individuales inmersos en un entorno social. ¿Por qué contestar desde su propia experiencia? Porque el análisis del discurso, nos comenta, “es más un campo disciplinar que una disciplina”. Los enfoques que integra en su trabajo como docente e investigadora pasan por la lingüística funcional, la tipología y la lingüística del texto en intersección con la teoría de la enunciación, la nouvelle réthorique y la argumentación en el discurso. Sumado a esto, incluye en su enfoque a autores que no se consideraban a sí mismos analistas del discurso, como Foucault y Bourdieu. No obstante, ya nos adelanta parte de su visión: “Todas estas etiquetas que responden a corrientes y teorías son muy simplificadoras o esquematizadoras, en el sentido de que dentro de cada una de estas hay tantas perspectivas como investigadores hay”. “Perspectiva” será una palabra clave a lo largo de la entrevista.

 

—¿Qué perspectiva nos brinda el análisis del discurso sobre el proceso de traducción?

 

—Yo creo que una cosa muy importante del aporte que puede dar cualquier corriente discursiva a la investigación y a la mirada sobre procesos traductológicos es precisamente la noción de perspectiva. Me gustó que estuviera en la pregunta, pues precisamente lo que el discurso aporta, desde cualquier corriente, es la noción de que existe una perspectiva. Creo que una de las cosas más interesantes y que nos permite ver más allá de los esquemas tradicionales de la traducción es considerar que siempre hay una perspectiva, independientemente del tipo de texto.

En la traducción y todos los fenómenos que la rodean hay diversos actores, hay diversas necesidades, en el polo meta y el polo fuente, muchísimos factores que podemos pensar como generadores de discursos distintos alrededor de este fenómeno que es la traducción. Entonces, uno de los conceptos centrales que puede aportar el análisis del discurso es pensar que todos esos elementos parten de sujetos individuales que son actores discursivos. No es que necesariamente sean del todo libres o que esté diciendo yo que todo es subjetivo en un sentido individualista en el que no se relacionan las perspectivas de unos sujetos con las de otros, sino más bien que [esto sucede] aunque el sujeto esté en gran medida determinado por los intereses de su cultura, de su trabajo, de su entorno social.

Lo fundamental que pueden aportar los estudios de discurso es pensar precisamente en el sujeto, no nada más en el texto producido, sino en el sujeto que está detrás del proceso que llevó a ese producto.

 

«La actividad traductora es de por sí una práctica de habla»

—Y viceversa, ¿qué aporta la traducción al análisis del discurso?

 

—Muchas cosas, aunque en general nos conviene seguir pensando ciertas categorías como bien delimitadas por comodidad y para tener asideros cognitivos para el análisis, por ejemplo, la diferencia entre el texto y el enunciador; para otras cosas, creo que (y en esto la traducción aporta a la visión sobre el discurso) nos conviene ver esta continuidad entre enunciador y enunciado. Es decir, ¿de qué manera el texto, en este caso una traducción, nos muestra algo de otro texto del que proviene?, pero también ¿qué es lo que nos muestra respecto del actor que lo produjo? ¿De qué manera el haber producido ese texto también configura un tipo de discurso en el mismo productor, que después va a tener incidencia en otras traducciones, en otros textos que produzca?

 

—¿Qué visión aporta el análisis del discurso a los estudios de traducción?

 

—El discurso se preocupa fundamentalmente por el usuario. A partir del usuario y su necesidad comunicativa es que se explica todo lo demás. Entonces, si pensamos en una disciplina como la traducción, es bastante evidente la compatibilidad. La actividad traductora es de por sí una práctica de habla, en el sentido saussuriano. No es una actividad que se queda en lo abstracto.

Siempre que pensamos en traducción, hay una práctica lingüística que ya se llevó a cabo. Podemos pensar, por supuesto, en el proceso que llevó a un producto como la traducción, pero si no tenemos el producto, el proceso no es asible. En ese sentido, es muy compatible con cualquier enfoque discursivo. ¿Qué nos puede aportar? El que todo discurso esté producido por un sujeto nos aporta muchas herramientas para pensar en eso de lo que hablamos siempre los traductores: el contexto. El contexto, que es una noción muy general, también puede llegar a ser muy abstracto. Puede ser muy difícil, sin herramientas conceptuales claras, cortar de dónde a dónde me interesa tomar en cuenta el contexto para decidir qué voy a hacer en esta traducción, desde el punto de vista de la práctica. Desde el punto de vista de la investigación sobre traducción, qué elementos de contexto van a ser más relevantes para lo que yo quiero preguntarme sobre esta traducción. Entonces, desde la práctica y la investigación puede ser muy abrumador pensar en el contexto. Decir estas cosas como “todo depende del contexto” significa, a veces, no respondernos mucho. Es como decir “no sé”, y todos lo hacemos. Creo que precisamente un enfoque discursivo tiene la ventaja de que, al preocuparse por el texto inserto en su contexto, genera muchas herramientas que no necesariamente están vinculadas con lo traductológico, pero que al traductólogo y al traductor le pueden servir para empezar a delimitar qué cosas del contexto le conviene incluir para su análisis.

Otra cosa muy importante es la conciencia de la traducción como un discurso más. Es algo que parece muy evidente si lo decimos en una plática de café, pero la academia ha tratado a la traducción como si no fuera un discurso. Vemos ideas sobre la traducción que andan por ahí que la ven como si fuera una actividad transparente, no parece haber un sujeto. Consumimos traducciones todo el tiempo, pero rara vez somos conscientes de ello. Esto nos lleva a una idea del traductor como una especie de vidrio por el que pasa la luz del exterior al interior (o del interior al exterior), de una cultura a otra, como un espejo que refleja lo que está del otro lado. Esta noción, que parece muy inocua, hasta natural, es una construcción discursiva de nuestra cultura que nos lleva a ignorar no solo al sujeto traductor que está haciendo la chamba para que nosotros podamos leer a los rusos, a los alemanes y a los chinos (cosa muy injusta en términos del tratamiento hacia el gremio traductor), sino que nos hace exigirle a la traducción algo que no le exigimos a otros tipos de discurso. Tenemos una idea de la traducción como un canal por el que se replica una información. La conciencia de la perspectiva incluye todo esto, que cada texto que recibo como resultado de una traducción es el resultado de una doble enunciación.

Es una forma de cuestionar una visión que cada vez más se muestra como bastante caduca, y que no nos permite hacernos responsables de nuestros propios discursos, como traductores, críticos y usuarios de traducción.

 

—Entonces, ¿eso nos sirve para tener presente que los traductores también somos individuos y que, aunque sea inconsciente, no es inocente lo que hacemos?

 

—Seguramente, ningún traductor, esté formado o no, puede escaparse de esta constatación de que está interviniendo el texto. Es decir, creo que cualquiera que ha traducido lo sabe, ve la traducción desde un punto de vista muy distinto que alguien que no ha traducido y que tiene solamente esta idea no cuestionada de “la traducción debe ser esto”. Sin embargo, por la misma naturaleza e historia de las disciplinas académicas, en general, y de las disciplinas del lenguaje, en particular, este hecho se ha oscurecido mucho. No necesariamente tenemos que pensar en una mala intención para pensar en manipulación. De hecho, eso es lo que hacemos, el discurso es manipulación en un sentido no connotado hacia lo negativo, es agarrar una materia y moldearla de cierta manera para producir otra. En la traducción es muchísimo más claro porque la materia inicial ya está producida, pero creo que se ha llegado a ver en muchas ocasiones, incluso desde la misma academia, como algo fundamentalmente no discursivo.

Desde sus inicios, los estudios de traducción han aportado mucho al cuestionamiento de esos conceptos simplistas sobre la traducción, pero todavía podemos encontrar nociones como esas en manuales de traducción. Una de ellas es la idea, que sigue persistiendo en la formación de traductores en muchos niveles, de que lo mejor es que no se le note al texto traducido que es una traducción. Va junto con esto que dices: yo soy consciente de que puedo notarme, de que se puede notar mi mano, mi manipulación, mi producción de discurso. Entonces, lo que sigue es la respuesta a esa conciencia. Una de esas respuestas ha sido, desde un punto de vista muy tradicional, “evítalo”. Sé consciente de que te vas a notar, ¿para qué? Para que no pase eso. Y de pronto parece que somos muy conscientes sobre ciertas cosas en nosotros, pero vemos la traducción de otro y empezamos a querer reprochar lo mismo. ¿Qué es lo que revela el tipo de cosas que vemos en la traducción y que nos hacen valorarlas como buenas o malas? Una de ellas sigue siendo “se le nota lo traducido”.

 

«No necesariamente tenemos que pensar en una mala intención para pensar en manipulación»

—¿Cómo se manifiestan las relaciones de poder en las traducciones?

 

—Pues es parte de lo mismo, ¿no? Si yo borro la idea de que aquí hubo alguien más que hizo esto, y pienso que el que lo hizo fue el primer enunciador y me olvido de que hubo ahí una mediación, no solamente no pienso en el traductor como alguien que tomó decisiones, sino que tampoco pienso en las finalidades sociales a las que estaba respondiendo ese sujeto discursivo y que lo llevaron a esa traducción. Entonces, también puedo no pensar en las repercusiones sociales que va a tener esa traducción. ¿Para qué se la encargaron al traductor? ¿Qué se quería lograr con esto? Porque todo sigue quedando en esta idea de que aquí está el texto (manos hacia un lado) y aquí está la cultura (manos hacia el otro). El texto está ahí, pero yo lo separo de lo cultural. Creo que un enfoque discursivo permite ver a cada traducción como algo que está determinado por muchísimos factores de su contexto y que no sería de la misma manera si algo hubiera sido diferente. Además, no solamente el texto que se produce como resultado de un proceso traductor está determinado por su contexto, también el mismo texto, una vez producido, contribuye a configurar su contexto. Hay una relación bidireccional, de modo que no es nada inocuo el papel de la traducción como actividad productora de discursos, porque está cargada de finalidades sociales, más allá de las finalidades comunicativas, que son en las que primero pensamos: ¿para quién se escribió este texto? ¿Qué tipo de enunciatario tiene? ¿Qué tipo de público? Estas cosas que analizamos al interior de un texto, que muchas veces pensamos como finalidades, son muy importantes, pero a veces el análisis de la finalidad se nos puede quedar nada más en esa parte. Esas finalidades comunicativas responden fundamentalmente a finalidades sociales.

Pensemos en nuestra idea de la lengua como un instrumento de comunicación. Con la traducción pasa lo mismo, ¿para qué sirve la traducción? Si le preguntáramos a cualquier persona de nuestra sociedad, probablemente diría algo como: “Sirve para que sepamos qué se dijo en otra lengua”. O sea, es una función completamente instrumental. Es muy claro para el usuario que la traducción no es un fin en sí mismo, sino que la finalidad es que yo entienda este mensaje. A veces, paradójicamente, desde el interior de la disciplina, por estar pensando en la finalidad comunicativa, tendemos a ignorar o soslayar en muchos casos la pregunta de a quién le está sirviendo que se haga esta traducción. A quién le está sirviendo más allá de los términos comunicativos, en términos de poder, posicionamiento social y generación de discursos. Ya no digamos el traductor, que evidentemente está ganando un medio de vida, pensando en un traductor promedio que no es quien decidió la traducción, sino que se la encargaron. Ahí está muy claro: ¿Por qué hace el traductor esto? Porque tiene que comer, pero ¿el que encarga? ¿Qué hay detrás de eso? Las instrucciones que me dieron, para qué público es, eso que llamamos el encargo… Ahí todavía nos podemos preguntar: ¿y para qué? ¿Para qué estás haciendo esto? ¿Para qué quieres llegar a este público con este texto en particular de esta manera específica?

«No es nada inocuo el papel de la traducción como actividad productora de discursos, porque está cargada de finalidades sociales»

Ahora, regresando a lo que decías sobre la conciencia, no quiere decir, necesariamente, que cualquiera que encarga una traducción o que cualquier traductor tiene una idea malvada de manipular a la gente. Ni el editor que decide que ahora está bien traducir a Murakami, que se puso muy de moda por sus varias nominaciones al Nobel. El editor ahí básicamente quiere un producto que sabe que se va a vender. Pero, si ampliamos un poquito el foco, podemos preguntarnos qué es lo que le aporta a nuestra cultura, a qué finalidades de poder puede llegar a servir. ¿Qué ideas se están configurando ahí sobre nuestra relación con el mundo oriental? ¿Y, en otros casos, sobre nuestra relación con el mundo anglosajón? ¿Por qué traducimos a los que traducimos? ¿De dónde son los que se traducen al español? No son de todo el espectro del mundo anglosajón, ni de todo el espectro francófono, sino de ciertas partes y ciertos momentos.

 

—¿Cuál es la fina línea que separa a un análisis del discurso con perspectiva social con el prescriptivismo?

 

—Tenemos que cuestionarnos estas categorías homogéneas. Análisis de discurso y estudios de discurso, en general, son muchas cosas y no todos los estudiosos del discurso se han preocupado en los mismos términos por las mismas cosas y no todos estarían de acuerdo en la necesidad de un compromiso social activo por parte del analista, por parte del investigador. Hay corrientes cuyos intereses están más volcados hacia el interior del texto y al considerar las relaciones que hay hacia afuera del texto lo hacen para responder preguntas muy teóricas. Diríamos que se quedan más en la parte académica; no buscan necesariamente una vinculación con la realidad que están estudiando, no buscan intervenir. Hay otros tipos de corrientes y otros estudiosos que tienen como parte de su ética de investigadores la idea de que ellos pueden y deben intervenir en las realidades que están describiendo, y una de las primeras formas de intervenir es la denuncia. No es que necesariamente se piense desde este punto de vista que hay que decirles a las personas qué hacer, sino sencillamente denunciar este tipo de manipulaciones, este tipo de oscurecimiento de los actores y de las finalidades; eso ya podríamos verlo como una intervención.

 

—¿Como un tipo de activismo?

 

—Exacto, como un tipo de activismo desde la academia. Pensando en esto, ¿cómo sabemos hasta dónde “meter la cuchara” como investigadores y cuándo ya estamos cayendo en el prescriptivismo, en decirle a la gente cómo hacer las cosas? No hay una respuesta tajante. Creo que algo que puede hacer la diferencia entre ambas cosas sería la conciencia. En la medida en que seamos conscientes de que nuestra perspectiva es una entre muchas posibles, entre más conscientes seamos de eso, más abiertos vamos a estar a respetar y validar las perspectivas que no son la propia, y eso es algo muy importante y quizá muy evidente, pero no necesariamente es algo que pasa en todas las disciplinas.

Una de las cosas de las que conviene ser conscientes, específicamente pensando en la perspectiva, es de nuestro ser prescriptivo. Somos hablantes, somos traductores, hacemos estas cosas, tenemos una idea de cómo hacerlas y de cómo nos gusta que se hagan y eso inevitablemente nos lleva a una idea del deber ser, que no podemos evitar, y a un juicio, pero precisamente saber que no lo podemos evitar nos puede dar la conciencia necesaria para poder manejar nuestro discurso en contraposición con el del otro. Yo creo que sí, lo prescriptivo siempre es un peligro mayor en la medida en que uno se niegue a la posibilidad de ser prescriptivo. Es algo que parece paradójico, pero así es.

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